There’s no business like show business
El otro día mi mujer e hija me convencieron para que les acompañase de centros comerciales. Mi hijo fue más listo: cogió su skate y se fue a casa de un amigo. Tenía tiempo que no acudía a un sitio de estos, por lo que decidí ir con la mirada crítica, inclusive tomando algunas notas. Fue divertido.
En realidad el centro comercial es una simulación de la calle. Pero de una calle perfecta donde todo está limpio y recién construido con los cristales inmaculados. Hasta esas esquinas producto de la unión de las paredes con el piso que en la calle son asquerosas, aquí son asépticas, impolutas. ¿ Las limpiaran con un cepillo de dientes ?. No existen farolas dobladas, ni el polvo de los escapes de los coches que se deposita en todas partes, ni fachadas desvencijadas, o fluoerescentes titilando siniestramente, ni gente pidiendo o el otro mirando a ver a quien le va dar el tirón. Tampoco se aprecian aires acondicionados goteando, grafitis, toldos rotos, ni papeles en el suelo. Por otra parte no da el sol, el viento no se siente no se divisan árboles ni pasan cosas que merezca la pena contar.
La calle sintética, el parque temático de lo que pudo ser y no fue donde las personas se recluyeron huyendo de la calle y su impactante realidad. Hace años nos prometieron que el futuro sería perfecto, sería el de las ciudades con cúpulas de cristal donde la familia feliz pasearía deslizándose por la cinta transportadora que hace de acera. Todos sonrientes embutidos en sus trajes color plata.
El futuro llegó, pero llegó en la forma de desastre urbanístico, carestía de la vivienda, paro, pobreza, bajos salarios, humo, hollín y grafiti en medio de ciudades abarrotadas. Ese futuro perfecto que nos contaban solo existe dentro del centro comercial. Una versión consumista de las villas amuralladas con alambre de púas y guardias armados que existen en los países subdesarrollados. Dentro: el césped verde y las piscinas están por todas partes, fuera: miseria, violencia y chabolas. Dentro las personas simulan que no pasa nada, fuera: pasa de todo.
La privación sensorial es absoluta. Nunca se sabe si hay sol o está nublado, si es mediodía o de noche, si hace calor o frio. La temperatura siempre es la misma, la iluminación siempre es igual. El ruido de fondo, un murmullo de gente mezclado con música de ascensor, es siempre el mismo. Una sofisticada representación del mundo donde nunca pasa nada, donde todo siempre es igual, donde el encefalograma es agradablemente plano.
Visitamos un par de centros y en ambos se vende lo mismo, que a su vez también se puede conseguir en cualquier comercio de la calle. Las personas compran poco, se les ve con pocas bolsas en las manos y la vez tardan mucho en realizar esas compras. El tamaño y la vistosidad de las bolsas es desproporcionado al volumen de lo comprado y a su valor. Es decir: lo que gusta es ir de paseo al centro comercial, lo que atrae es la evasión que ofrece esta calle de cartón piedra donde todo tiene la extraña perfección de las cosas muertas. Inclusive se observan personas sentadas en unos bancos dispuestos en los pasillos que simulan la calle, como si efectivamente estuviesen sentados en el parque o viendo a la gente pasar.
En los dos centros comerciales no había ninguna librería, solo en uno de ellos existía una dedicada a best sellers. Curiosamente muchas tiendas si utilizaban libros: como complementos en la decoración de sus vidrieras. Los únicos que conversan animadamente son los corrillos de gente mayor. Mientras esperan a sus parejas hablan entre ellos, discuten cosas: son diferentes. Los demás esperan solos, de píe o sentados en los bancos. Todos en lo suyo y nadie en lo de todos.
Al entrar a un parking una chica guapísima con una aguda e inteligente mirada se encuentra haciendo su trabajo: repartir el periodicucho de las ofertas. Ese es su trabajo: toda la jornada de pie al lado de la barrera del parking repartiendo la noble publicación, a la vez que disfruta de aquel frío. Seguro que es muy espabilada: tiene trabajo. Dentro, sus compañeras a salario mínimo se afanan en vender esas cosas que prometen la vida perfecta.
Muchas tiendas se encuentran de oferta pregonando rebajas del cincuenta al setenta por ciento. Las leyes de comercio prohíben vender por debajo del coste directo (dumping), por lo que aún a esos precios la tienda tendrá margen bruto. Si los salarios del personal son mínimos, quiere decir que la mayoría del precio de venta de los artículos ahí expuestos en su mayoría se compone de margen comercial y gastos de alquiler-funcionamiento en el centro comercial. En realidad esta es la forma de cobrar entrada al parque temático. El producto real que se vende es evasión en un espacio de privación sensorial que simula una supuesta realidad “perfecta”, no ropa o complementos.
Irónicamente en un extremo de uno de los lugares visitados existe un pequeño parque infantil que ostenta un insultante cartel que reza “Espacio de los Sentidos”, donde los niños juegan en instalaciones hechas de melanina y aglomerado sobre un suelo de caucho. De este forma se evita que al caer alguien se haga daño y el centro comercial pueda ser demandado.
El ágora de los ciudadanos que desesperadamente quieren escapar de la realidad de la calle mientras son reducidos a la condición de consumidores y despojados de su ciudadanía. Todos viven su hora de vida perfecta en el edificio perfecto comprando cosas para su supuesta vida perfecta. Luego se marcharan a la calle, a la vida real, a su piso antiguo o pequeño, muchos insalubres, todos vendidos a precios de estafa. Reconforta abandonar todo eso por un momento y refugiase aquí.
Los únicos que se ven contentos felices y entusiasmados son los inmigrantes latinoamericanos, árabes y de Europa del este. Todavía piensan que la felicidad es comprar la pantalla de 42 pulgadas; aún creen en eso. Por eso les han dejado entrar: the show must go on, la misma razón por la que a nosotros nos dejaron entrar en Europa. Los demás perciben, aunque no parecen entender lo que pasa: se ven tristes.
Entre las dos superficies comerciales que visitamos suman sesenta hectáreas. Estas superficies nacieron como proyectos de rehabilitación urbana de antiguas zonas industriales. Con toda probabilidad hubiese sido mejor para los ciudadanos el seguir siendo ciudadanos y disponer de sesenta hectáreas de parques. En su lugar abdicaron a la ciudadanía y centraron su desarrollo alrededor de centros comerciales que prácticamente usurparon el espacio público, bajo la complaciente mirada de los políticos. Y con toda probabilidad bajo la complacencia de sus bolsillos también.
Una de las superficies es propiedad de Hines Real Estate, una empresa inmobiliaria con sede en Texas, actualmente en serios problemas de solvencia. La otra es propiedad de Metrovacesa, propiedad de la familia Sanahuja, cuyo imperio se encuentra actualmente en suspensión de pagos.
Los políticos de la ciudad evitaron que la población dispusiese de sesenta hectáreas (el equivalente a ochenta y cinco campos de futbol) para el esparcimiento. Espacios para ir con la bicicleta, jugar con sus hijos, descansar bajo los árboles, hacer picnics, perder el rato, pasear, correr. En su lugar sembraron toda la ciudad de inmensas máquinas de hormigón para el consumo, máquinas que ahora se demuestra que no son rentables ni sostenibles. Lo triste es que el estado mediante la banca tratará de rescatar a estas empresas y los mismos ciudadanos evadidos que deambulan por sus instalaciones acabaran pagando los platos rotos vía impuestos. Se quedarán sin su parque y disfrutaran del privilegio de tener en su barrio inmensas moles de hormigón cerradas con tablones y decoradas con grafiti, a la vez que la factura les vendrá en forma de más impuestos, menos jubilación, copagos sanitarios, bajadas de salarios, subidas de servicios públicos y delincuencia.
Nadie protestó cuando se tomó la decisión del centro comercial. En una ciudad famosa por su falta de parques, nadie salió a la calle, nadie se manifestó. Ahora vagan evadidos por los suntuosos pasillos que emulan aquello que les prometieron pero que no estaban dispuestos a darles, pensando que viven en Sim City mientras el trágico desenlace asoma por el horizonte.
Hay un globo que seguramente se le ha escapado a un niño y a flotado hasta quedar atrapado allá en lo alto, bajo el techo de vidrio. Pegado al cristal inútilmente trata de escapar hacía el cielo, hacia la libertad; pero no puede y no sabe por qué. En otra realidad con toda probabilidad existe ese mismo niño, quien con la cara compungida contempla como su globo se eleva por siempre hacia el cielo azul, mientras su madre le llama a merendar sobre el mantel que ha dispuesto en el césped del parque.
PD: La foto que acompaña este post ha sido tomada de la colección “Fotos para una crisis” de José Hinojosa Cobacho, quien ha realizado un asombroso trabajo de documentar la desoladora realidad de la burbuja y el pelotazo urbanístico español. Edificio tras edificio, complejo tras complejo abandonado, José maneja su cámara con un dramatismo y una magistralidad que Robert Capa envidiaría. Vale la pena detenerse a ver su colección y sentir en carne propia este desastre donde los ahorros de una generación completa de españoles han siso dilapidados. Podéis visitar su sitio web aquí y a colección se encuentra aquí.
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Muy bueno. La cuestión es que si cuando se decidió el uso de esos terrenos un partido político hubiese defendido la opción “parque” frente a la opción “centro comercial” la prensa, y la mayoría de la sociedad, les habrían tachado de insensatos ya que supuestamente el centro comercial crea trabajo y plusvalías. Tiene difícil encaje en el mundo actual reclamar el hacer un poco el vago y ser austero.
Una pequeña anecdota personal para ilustar hasta que punto estas cárceles de oropeles han calado en la borregue… esto, ciudadanía:
- el anterior invierno hubo un par de días de frío polar exagerado, y en la ciudad en la que vivía, muy poco acostumbrada a fuertes nevadas, cayo una medianamente importante en pocas horas, con el agravante añadido de que en otras pocas la temperatura bajó tanto que se heló completamente. Hubo una barbaridad de accidentes tanto de peatones como de vehículos, e incluso un muerto. La situación era grave y las televisiones locales y todas las emisoras de radio emitieron en todos los boletines las consignas de Protección Civil, Policía Local y Guardia Civil para que la población se abstuviese de salir en cualquier tipo de vehículo salvo casos de emergencia o de extrema necesidad.
Bien… o mas bien mal. A las afueras de la ciudad se encuentra uno de los parques comerciales mas grandes ( y rentables ) de la mitad norte del país. Hubo atascos gigantescos y multitud de accidentes e incidentes ( ninguno grave, por suerte )… pero no por la gente atrapada en el centro comercial intentando volver a su casa, SINO POR HORDAS DE “CIUDADANOS” INTENTANDO ACCEDER AL PARQUE COMERCIAL.
No hay mas que decir… por desgracia.
Terrible artículo, precisamente por ser real. Cada día es más urgente que reaccionemos o será demasiado tarde. Saludos